miércoles, 30 de noviembre de 2016

Anotaciones


En esta entrada, la transcripción de unos apuntes, dejo unos muy breves comentarios sobre algunas de las películas que vi en esta última y muy buena edición de Festival del Cine de Mar del Plata, no son todas -ni las más relevantes-, pude ver varias más –entre ellas revisiones de grandes clásicos, reencuentros con lo más rico de la experiencia cinematográfica- pero quedarán comentadas en otros espacios. Sin ningún tipo de orden, acá van:

Afterimage, la última película que hizo Andrzej Wajda antes de morir, razón por la cual suena como máxima candidata a ganar el Oscar a film extranjero -se sabe: casi siempre son razones extracinematográficas las que más pesan allí-, narra la vida Wladyslaw Strzeminski, o mejor el vía crucis del artista: insurrecto presentando resistencia al régimen oficial, va cavando su propia tumba, primero mancillando su obra y su libertad creadora  y, luego, ya sin siquiera para comer.
El material biográfico sirve para que Wajda vuelva sobre los mismos ejes temáticos que constituyeron parte de su vasta y notable obra, aunque habrá que admitir, y más allá de algunos buenos momentos, que el gran cineasta polaco se despide estando lejos de su mejor forma: falta relieve en esta exposición del bien y del mal.


Una agradable sorpresa resultó ser Almacenados, una pequeña película mejicana sobre la relación laboral entre un septuagenario a punto de jubilarse que vive su última semana en el depósito donde trabajó toda su vida y su joven sucesor al que debe enseñarle el oficio, tarea de pocas horas, a decir verdad: allí no sucede nunca absolutamente nada.
A partir del choque generacional y sobre la insoportable quietud del lugar se construye, con humor y mucho cariño para con sus protagonistas, aunque con una puesta en escena impotente ante la impronta teatral del texto, la película, que entrega la clave en su título: siempre vacío, la única función del galpón es estacionar a las personas que ahí se encuentran, durante casi cuarenta años de imperturbable sumisión en el caso del entrañable viejo. Por esto, Almacenados es, por sobre todas las cosas, una emotiva película sobre el paso del tiempo.
 

Después de haber visto su última película, Paterson, uno tiene la sensación de que a los 63 años Jim Jarmusch ha alcanzado definitivamente la sabiduría; sólo alguien con ese nivel de comprensión toma una historia muy sencilla –la vida de un colectivero que escribe poesía y vive con su novia- y, dando con las claves de la dicha mundana, la eleva a dimensiones lírico filosóficas notables, lejos, en la antípodas, de una zona gris en la que hubiese caído cualquier otro director.


Todo lo demás cuenta de la historia de una empleada pública –como siempre, una gran Adriana Barraza- sin atisbos de sensibilidad: absurdamente rigurosa, rechaza sistemáticamente a cualquiera que se presente ante ella para realizar algún trámite. Pero la cámara no se limita a registrarla sólo en su ámbito laboral, también la vemos en su departamento, donde vive sola con su gato, o en sus visitas al natatorio, donde jamás se mete al agua. Despojada de cualquier rasgo de humanidad no logra conectar emocionalmente con nada ni con nadie. Acompañando sus rutinarios movimientos, sobre la exposición  de esa insoportable asepsia, la película construye una demoledora crítica a la deshumanización de la telaraña burocrática, aunque presenta una paradoja: para que la espesa bruma sobre la que se mueve la protagonista no invada también a la película, se busca su redención siendo este proceso –la evolución dramática- un poco torpe. Sepamos disculpar.


Aclamada casi unánimemente por la crítica y el público, Moonlight busca alejarse de la gran mayoría de los retratos sobre afroamericanos en Estados Unidos siguiendo la historia de un negro en Miami -desde su niñez hasta buena parte de su adultez- que, rodeado de hostilidad, con la droga imperando, va descubriendo su atracción por los hombres en un inferno del que no se siente parte.
Las intenciones son buenas, la película es dueña de una gran belleza visual e incluso por momentos alcanza pasajes conmovedores, pero no logra evitar caer en los miserabilismos y bajezas de los que intenta escapar –hay una escena donde el protagonista no cesa de recibir trompadas que justifica el éxodo de la sala-, siendo otro exponente más de un subgénero con escasos resultados realmente notables.


En su último trabajo (El Sacrificio de Nehuén Puyelli) Campusano nuevamente abandona el Gran Buenos aires para contar otra de sus historias violentas, mas el cambio geográfico en verdad es doble: insertos en la ciudad de Bariloche, buena parte se desarrolla en los interiores de la cárcel del lugar. Allí va a parar Nehuén Puyelli, un célebre curandero aborigen que es detenido por el presunto homicidio de una vieja de la zona.
El probado talento narrativo del realizador dota la historia de la fuerza y la solidez a la que nos tiene acostumbrado su cine, aunque las ramplonas, elementales actuaciones de los intérpretes conspiren ya no digamos contra la película sino contra la propia carrera del director: quizás sea momento, así como evolucionó técnicamente, de que por fin abandone esa marca de fábrica que no hace más que estancarlo. Difícil, si tenemos en cuenta sus palabras, que eso suceda; una lástima, pues nunca podrá crecer tanto como pudiera.



Con A Quiet Passion el gran Terence Davies aborda la vida de la famosa poetisa Emily Dickinson pero lo hace de una forma bastante peculiar: distanciándose de las formas convencionales de abordaje, de las estructuras más comunes de las biopics, se acerca a su figura desinteresándose, en parte, de la carnadura literaria para hacer un abordaje -sorprendentemente- con mucho humor de la periferia social como sólo un cineasta con un extraordinario manejo los tiempos audiovisuales como Davies puede hacerlo, incluso sin ser lo mejor de su obra.


El muy irregular Andréi Konchalovsky –sus películas suelen ser muy buenas o decididamente malas- elige con Paradise recorrer los ya infinitamente transitados caminos del Holocausto aunque, muy inteligentemente, dando una vuelta de tuerca formal: intercala el falso documental con la ficción convencional.  Así, esta historia compuesta por tres personas contrapuestas ideológicamente –una aristócrata rusa que se une a la Resistencia francesa, un oficial de la SS que supervisa las actividades y un colaborador francés- consigue apartarse de los procedimientos comúnmente utilizados constituyendo una obra valiosa.


Free Fire es el aprobado paso a las grandes ligas del realizador Ben Wheatley, que ya presentó anteriormente en el festival la más que atendible Sightseers. La historia es sencilla: ambientada a fines de los setenta, hay dos bandas que están a punto de hacer una transacción armamentística, trunca finalmente por una absurda disputa de dos de los involucrados.
A partir del inconveniente sobreviene una muy divertida catarata de disparos donde, entre tiro y tiro, hay mucho espacio para el humor. Se agradece el desparpajo con el que se mueve la película, un ejercicio de estilo que en varios momentos recupera la esencia del género.



Con Rester Vertical Guiraudie se aleja por completo del universo de El desconocido del Lago contando, en un singular registro cómico -y rozando por momentos lo fantástico-, la historia de un cineasta que debe lidiar tanto con sus responsabilidades paternas como con su falta de inspiración para el desarrollo de su siguiente proyecto.
Inclasificable, construida con sutiles trazos metafóricos –con un final notable-, la película de Guiraudie admite ser entendida, entre sus múltiples significados e interpretaciones, como una extraña oda a la paternidad.


En X500 el realizador colombiano Juan Andrés Arango retoma la problemática tratada en su anterior película, La Playa DC, expandiendo los horizontes para dar a entender que el inconveniente es global: tres historias paralelas que retratan el camino cubierto de tinieblas de gran parte de desplazados jóvenes alrededor del mundo.
Filmada en (un arbitrario) formato 4:3, de pantalla casi cuadrada, sin caer en golpes bajos ni regodearse en las atrocidades de los infiernos que componen el relato, hay, más allá de los inevitables desniveles de las películas corales, por sobre todas las cosas, una mirada incluso más desesperanzadora que en su anterior película. Se la puede discutir pero no reprochar: por mucho que nos pese, el mundo es para muchos un lugar cada vez más oscuro.


Resumamos lo máximo posible de qué va la paupérrima 1974: una mujer que comienza a comportarse de forma muy extraña, como poseída, y un marido que trata de ayudarla –y entender bien el por qué-.
Película construida con irritante pereza, de una falta de creatividad insoportable, filmada con el agotadísimo recurso del metraje encontrado, que encima acá es traicionado con la inclusión de sonido extradiegético, abandoné la sala faltando unos veinte minutos para su finalización, algo irrelevante, después de todo: esto ya lo había visto mil veces antes.


Bertrand Bonello, uno de los nombres más interesantes del cine francés contemporáneo, estrenó este año, luego de muchas controversias, su última película que, en cierta forma, resultaría premonitoria: la serie de recientes atentados en el continente no hacen más que robustecer su discurso, más allá de que acá no tengan fundamentos religiosos, captando de manera notable el pánico social imperante.
Bonello sigue, con paciencia y muchísima precisión formal, a una serie de jóvenes que, moviéndose a lo largo de las calles de la ciudad, parecieran estar ejecutando un plan terrorista. Casi no hay diálogos en la primera mitad de Nocturama, basta el desplazamiento orquestado de los personajes –y el talento del director- para percibir sus intenciones y que vaya in crescendo la potencia y el nervio del relato.
Con la conclusión del plan se produce un quiebre, la segunda parte, transcurrida en un shopping –lugar paradigmático de estos tiempos-, más la aparición de unos flashbacks que aportan claridad a la historia, muestra el reverso, las vulnerabilidades y contradicciones de los involucrados. Es cierto, acá se pierde un poco la excelencia de la primera hora pero el cambio termina moldeando un irrefutable mensaje final sobre la fragilidad de un país –de un mundo, mejor- al borde del abismo.

 

Seoul Station comienza con un viejo herido, sangriento y hediondo, que es profundamente ignorado por el resto de los transeúntes, salvo una excepción luego desertora ante la presunta constatación de que el enfermo es un mendigo. Al poco tiempo, el mismo viejo desata una imparable epidemia zombie en el corazón de la ciudad. En ese marco apocalíptico, nos centramos en la búsqueda de reencuentro de una pareja antes de que sea demasiado tarde. 
El subgénero zombie ha sido tratado de diversas maneras –en ese sentido resulta muy dúctil- y con múltiples resultados; Seoul Station elige abordarlo desde la animación –al respecto, queda para otro momento un debate sobre el mal entendimiento que genera, teniendo en cuenta las dificultades del grueso del público para disociarlo de la clave infantil o cómica-, probablemente el registro menos utilizado y, si bien no agrega nada nuevo, resulta valiosa desde su factura a la vez que consigue, sin alcanzar el espesor de las películas del maestro Romero, esbozar algunas interesantes ideas sociopolíticas.


Con La Reconquista Jonás Trueba, el hijo de Fernando, construye una melancólica historia sobre el reencuentro de una pareja de treintañeros a quince años de su ruptura.
Durante la primera hora, la más lograda, donde encuentra los mejores momentos y consigue un tono cándido y melancólico encantador, cenit finalmente alcanzado con la amarga dulzura de la despedida, vemos a estos dos desconocidos buscándose, siguiendo los rastros de un tiempo pasado que reaparece cambiando las formas de atracción, encendiendo pulsiones corporales.
Luego, lamentablemente Trueba quiebra su historia y si bien nunca cambia el tono, esa segunda hora carece del brío y el encanto que tenía la otra.

En Antiporno el siempre interesante Sion Sono se inmiscuye en el mundo del roman porno, excusa para que el gran cineasta siga pensando sobre el rol de la mujer, e inserto en un set de filmación sigue los movimientos de la actriz protagónica, desplegando sus recursos estilísticos en un desbordado coctel de sexo y violencia –aunque, puestos a confesar, más contenido que lo acostumbrado-, que adquiere una subyugante dimensión pictórica.