miércoles, 9 de mayo de 2018

Elevar la vara


Desde hace no tanto tiempo el cine de terror nacional ha logrado, luego de años de lucha, trabajo y esfuerzo por parte de gente apasionada por el género –desde realizadores y comunicadores hasta un público pequeño fiel – trascender las formas de producción independientes –valiosas y plausibles pero limitantes-  para instalarse en el plano industrial.
La profesionalización, sin embargo, salvo en un plano estético y sólo en algunos casos, no fue acompañada -más allá de alguna contada excepción- con un salto en el valor artístico de las propuestas, que fueron tratadas con excesiva condescendencia por parte de la crítica; como si la alegría que produce el hecho de tener, por fin, la esencial atención del Incaa implicara necesariamente un tratamiento deferente hacia las películas, un acercamiento tendiente a la indulgencia extrema.
El gran público, en cambio, es mucho más intransigente. Es cierto que son tiempos de incertidumbre con respecto a la relación entre el espectador y la forma de consumo pero resulta indudable que ha primado el rechazo, o la indiferencia en el mejor de los casos; en números salvo por Sudor Frío, que fue una de las primeras y contó con un fuerte lanzamiento con apoyo de Telefé, el resto ha tenido resultados más bien pobres. Difícil asegurar una causalidad, lejos está la taquilla de ser parámetro de calidad, pero a la coincidencia se le suma un agravante: en el país casi cualquier basura extranjera funciona bien mientras sea “de terror”. 
El estreno de Aterrados es una noticia para celebrar: por ser una muy buena película que marca un quiebre con respecto a sus predecesoras (“da miedo de verdad” es uno de los elogios que recibe, reforzando lo antedicho), se posiciona por encima de todas cualitativamente, siendo la primera película de terror nacional capaz de competir en las mismas ligas que las producciones internacionales industriales y, esperemos, eleva la vara de las siguientes. No va a pasar pero debería ser ésta una oportunidad: para que el público se (re)encuentre con el género (nacional) y establezca, de ahora en más, una relación fluida; y, también, para que la crítica abandone la mirada paternalista, tan abominable.

domingo, 20 de agosto de 2017

La Cordillera

La Cordillera se desarrolla durante una cumbre de presidentes latinoamericanos realizada en Chile, donde se dirimirán, principalmente, los roles estratégicos –o más bien el rol estratégico, ya que la atención se centra en el presidente argentino- alrededor de un importante negocio petrolífero que podría catapultar a Brasil como potencia, extendiendo los beneficios para Argentina, pero sobre el cual también tiene intenciones de insertarse Estados Unidos con la complicidad de algunos países. Cuáles son los pasos a seguir, qué decisiones tomará el mandatario nacional, un hombre que, en principio, pareciera ser de otra raza: un tipo sin demasiada firmeza para ocupar ese lugar y sin las impurezas de los que toman las decisiones, en “su primer gran compromiso internacional”, como titulan los medios, mientras, a la par, debe lidiar con los vaivenes emocionales de su hija recién separada, cuya ex pareja amenaza con denunciar a su familia política por corrupción. En esos dos terrenos, finalmente convergentes, se mueve La cordillera: el juego de ajedrez político, que ocupa el primer tercio de la película, el mejor, momento de presentación del marco de desarrollo, donde Mitre, como en El Estudiante pero a mayor escala, vuelve a demostrar su solidez para inmiscuirse en el tenso arenero del poder y la ambición en clave de thriller, y el micromundo familiar, el segundo tercio, más cercano al suspenso, centrado en los trastornos psiquiátricos de la hija, en el que hay una arriesgada decisión de ingresar el relato en zonas sobrenaturales -que van desvelando al presidente, cada vez menos diáfano: para estar en ese lugar pareciera excluyente embarrarse un poco- que hace un poco de ruido en su articulación algo forzada, permitiendo mantener un tono ambiguo sobre la verdadera naturaleza del protagonista y desconcertando al espectador que espera un desencadenamiento narrativo algo más convencional en este tipo de películas.